La Roma gastronómica que no te contaron las guías.

Volvemos a Barcelona tras seis inolvidables días de aventura por Roma. La antigua capital del mundo nos ha dejado un sabor de boca dulce, salado e incluso picante que nos ha enamorado. Primero hemos de decir que este post está destinado a todos aquellos que se planteen algún día viajar a Roma y disfrutar de su gastronomía y sus servicios, y que, por otra parte, es un post largo pues no hay palabras suficientes para describir a la ciudad imperial y hacerle justicia.

Nuestro hotel, La Locanda del Fante, estaba situado cerca de Villa Borghese (al noroeste de la ciudad), un barrio con numerosos restaurantes: unos sofisticados, otros tradicionales, heladerías que bien podrían ser el mundo de los sueños de muchos y enotecas para los amantes del buen vino. El primer día fue el más duro bajo el sol romano, visitamos por la mañana Coliseo y Foro y andando perdidos acabamos en el barrio judío, al suroeste de la ciudad. Resulta que, además de ser un lugar precioso al lado del río, también ofrece una extensa oferta de comida judío-romana. El restaurante Yotvata fue nuestra elección, un local grande y familiar apartado del bullicio de la calle principal con unos camareros de lo más simpáticos. Compartimos el “Mixed Fried Combo” y es que resulta que, aunque no muy sano, en Roma se lleva mucho lo de freírlo (entendí entonces por qué los calamares a la romana llevan ese rebozado). Este combo constaba de bacalao, alcachofas, zanahoria y queso fundido. Después, acertamos uno con la pizza de proschiuto y huevas de salmón y yo con una calzone de salmón increíble en sabor. El calor, los paseos por romas y la cantidad inmensa de comida que acostumbran a poner los romanos nos dejó sin hambre para la cena así que simplemente nos acercamos a una de las mejores heladerías de la ciudad: Gelateria La Romana. Un establecimiento de helados artesanales con un método de funcionamiento parecido al de Starbucks, el pedir y recoger. Las combinaciones posibles eran de lo más originales y exquisitas. Pedimos bolas de mandarina y limón él, y de crema, nueces y miel una bola y de tarta de queso otra, yo.

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Segundo día: la basílica de San Pedro y los inmensos Museos Vaticanos, dignos de recorrer pero solo aptos para personas con mucho tiempo y resistencia en Roma. Otra vez el desayuno en la habitación esta vez con panecillos, queso y jamón además de las típicas frutas, café, etc. En la hora de la comida buscamos un lugar cercano al Vaticano pero sin los miles de turistas chinos, alemanes e ingleses que abarrotaban cada terraza de la ciudad. Y lo encontramos. Sí, en una de las callejuelas que van dede via Borgo Angelico a via dei Corridori un pequeño y, sorprendentemte, moderno establecimiento se hacía un hueco. Se llama Fafami y es un original puesto de comida en tapers y cajitas, en efecto, todo lo que pidas te lo puedes llevar en el mismo recipiente en el que te lo ponen. Pedimos dos ensaladas una de gambas, cangrejo y huevas además de escarola y aliño; la otra de panceta romana, pan tostado y tomate. Para compartir unos “fried” de salmón y de espinacas y ciruela. Té para acabar. El día terminó en el Castel de Sant Angelo con el atardecer más sobrecogedor que he visto nunca. El sol se escondía tras la enorme cúpula de San Pedro que admirábamos desde un barecillo situado en el mismo castillo. Para los adictos a las fotos este atardecer es un imprescindible.

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Tercero y no menos importante. Un increíble día recorriendo el centro. Mi edificio preferido sobre la faz de la tierra: el Panteón, la Piazza Navona o el Área Sacra entre miles de iglesias hermosas fueron nuestros compañeros. A eso de las 11:00 a.m encontramos el café más prestigioso de la ciudad imperial. En sus paredes recortes de periódicos de la visita de Kissinger al local. San Eustachio-il caffe se llama y más que el mejor café de Roma tienen el café más fuerte (aunque no por eso menos delicioso.) Al mediodía rondábamos el río y decidimos comer en el Trastévere, que a nuestros oídos había llegado el rumor de que era un sitio buenísimo para almorzar. No llegaron mal los rumores hay que reconocerlo. El Trastévere es un “Malasaña” o un “barrio de Gracia” de Roma: ambiente joven, bares por doquier, y edificios de lo más pintorescos. Bajo un arquito a punto de derrumbarse se levanta un oasis gastronómico: Restauranti Arco di San Calisto. Entre carpaccio y stracceti al limone (carne de vacuno) nos decantamos por unos macarrones al pomodoro (tomote) con rabo de toro y unos ravioli rellenos de verdura y pera con salsa de tomate (Era el día de la pasta). De postre el mejor tiramisú que he aprobado nunca, y he probado muchos, hecho por el mismo camarero que nos atendía; y una pannacota rellena de helado de turrón también buenísima. El típico café con leche italiano para acabar y una invitación a limoncello romano. La cena resultó del todo improvisada cerca de la zona del hotel con una típica “mesa romana”. Se trata de múltiples platos de los que uno se va sirviendo. Guisantes, verduras, setas, carne en salsa y, en general, todo lo que encuentra el cocinero en la cocina, acaba encima de la tabla. La atención fue encantadora pero ya no sabíamos cómo decir que no a tanta comida. Fue la salida más económica por otra parte (doce euros cada uno).

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Rozamos casi el final del viaje y amaneció un cielo encapotado y una lluvia terrible. El tour fue desde la imponente basílica de San Giovanni il Laterano por la mañana hasta Santa Maria della Vitoria y su Moisés a la hora del crepúsculo. Entre medias hubo como no parada culinaria, casi rozando el coliseo y uno de los parques más bellos de la ciudad, el de la Domus Aurea. La Naomaquia es un local que pinta muy bien desde fuera, y aunque la atención al cliente deja mucho que desear, la calidad pinta mejor. Queríamos probar otro de los platos típicos italianos, el risotto, ese arroz cremoso que le enseña al paladar lo que es el placer alimentario. Aunque de primero pedimos una ensalada mixta normal, el risotto vino en dos formatos. Para mí fue el de salsa de nata y langostinos mientras que el otro estaba acompañado de marisco y calamar con salsa suave. ¿El veredicto? Sensacionales. Hasta entonces Roma nos estaba enamorando en todos los sentidos: cultural, cívica y gastronómicamente. Andando, andando, llegamos a última hora a Piazza Espanya (de forma totalmente imprevista) lo que hizo rugir nuestros estómagos por el esfuerzo al llegar al hotel. Para cenar elegimos el Nero Biatro, un restaurante frente al hotel que nos había llamado la atención los días anteriores. Una cena ligera fundamentada en carpaccio con salsa de aguacate, pollo a la plancha con ensalada y un pecado habitual: el tiramisú de la casa, más cremoso aunque no tan bueno como el anteriormente citado.

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Último día completo y por delante un hermoso recorrido por la Piazza del Popolo y Villa Borghese, un inmenso parque estilo “Central Park” donde esconderse de las oleadas de turistas que visitan Roma en Septiembre. Teníamos pase para la Galería Borghese, un fascinante museo situado dentro del parque para el cual es necesario reservar online dos días antes de la fecha que se tiene pensado ir, e hicimos tiempo por las lujosas calles que rodean la escalinata española. En una de ellas encontramos una pequeñísima terraza de la pizzería italiana Il Boscoiolo, se podría decir que casi vertical debido a la inclinación de la calle. Compartimos las ya aclamadas bolas fritas, esta vez de pipa de calabaza. Para cada uno pedimos una pizza capricciosa de atún y alcachofa, base fina y crujiente y tomate casero que bautizamo como “La mejor pizza de Roma” (se debe tener en cuenta que no soy muy partidaria de las pizzas) y un plato que en la carta figuraba como atún con judías y resultó ser judías con atún. No me apetecía un potaje caliente pero el sabor era magnífico. Una simple manzana para mí y un “Trufo nero” (helado de nata recubierto de cacao) terminaron la comida. En la misma Vila Borghese, más concretamente en  Il Caffe del Orologio, disfrutamos del café “post-luch” en uno de los ambientes considerados de los más románticos de toda la ciudad. La Galería Borghese fue, en una palabra, magnífica, del primer mosaico a la última obra maestra de Bernini.

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Última mañana en la Roma moderna en la que nos separamos e hicimos cada uno nuestras compras y rendimos nuestro particular homenaje a la ciudad. Personalmente, quería despedirme de Roma a mi manera y para ello me compré un libro sobre arquitectura en la “librería española” de Piazza Navona y lo leí mientras tomaba un refresco en el café que se encuentra justo delante de, como no podía ser de otra manera, el Panteón. (Para los de bolsillos justos no os lo recomiendo…¡5 euros por una coca cola! Sablazo.) Quedamos a comer en una trattoria romana llamada Il Marinaio cercana al hotel y via Piave. Era un sitio para nada turístico donde la Mamma que lo regía no sabía ni pizca de inglés (ni falta que hacia), es decir lo que en España consideraríamos un “bareto” de pueblo. Sería un bareto pero todo estaba exquisito: ensalada de pulpo y patatas, pollo a la plancha con ensalada y un tarta de ciruela y crema pastelera acompañada de un café “Fatto in casa”. Fue la primera ocasión en la que la cuenta no sobrepasó los cuarenta euros por los que habían salido el resto de comidas.

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Ya sea por pizza, pasta o risotto Roma nos enamoró. Una ciudad donde cada esquina es una obra de arte y cada ventana una puerta al cielo. Si quiere perderse en la historia sin duda viaje  a Roma y contrate a un guía o compre libros de arquitectura, si quiere perderse en la mejor comida italiana y mediterránea de la ciudad no tiene más que poner un pie en la calle y dejarse llevar por su sexto sentido. ¡Arrivederci Roma!

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